La teología revolucionaria de San Romero

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P. Luis Barrios

Iglesia de Santa María

New York, New York

Durante esta semana pasada estuve discutiendo, con un grupo de estudiantes, la posibilidad de poder construir un mundo diferente, en donde podamos garantizar la paz con justicia. Esto como una alternativa al desastre político, económico, social y espiritual que el gobierno terrorista del presidente Barack Obama sigue repartiendo por todo el mundo. En un consenso colectivo llegamos a la conclusión que es posible ese proyecto.

Asimismo, discutimos la manera en que nuestra fe también puede ser una motivación positiva, para lograr un despertar de la conciencia crítica y de clase del pueblo, organizarles y movilizarles hacia la construcción de esa realidad. Dentro de esta discusión fue que discutimos los aportes de la teología revolucionaria de nuestro Monseñor Oscar Romero, para nosotras/os; San Romero de Las Américas. ¿Cuáles son entonces algunos aportes de la teología revolucionaria de San Romero de Las Américas? Por un lado, San Romero se atrevió a decir lo que la mayoría de los/as líderes religiosos o políticos no se atreven a decir: “Yo tengo que escuchar qué dice el Espíritu por medio de su pueblo y, entonces, sí, recibir del pueblo y analizarlo y junto con el pueblo hacerlo construcción de la Iglesia”.

O sea, el pueblo es, por un lado, el termómetro que nos dice la temperatura y, por otro lado, el termostato que va a regular esa temperatura. Estar con el pueblo debe de dejar como resultado nuestra humanización. De aquí el que San Romero fundamentó su ministerio en el principio que “antes de ser un/a cristiano/a tenemos que ser muy humanos/as…” De hecho, nuestra espiritualidad –la cual se distingue por tener dimensiones sociales y políticas- se proyecta a través de nuestra humanidad. O sea, mientras más humanos somos, mayor nuestra espiritualidad. La humanidad de San Romero lo convirtió en un santo. No fue la manera de morir, sino la manera como vivió, lo que le canonizó.

En esta teología revolucionaria San Romero dejó claro que “quien se preocupa de la persona que tiene hambre, que está desnuda, de la gente pobre, de las personas desaparecidas, de quienes están en prisiones, de toda esa carne que sufre, tiene cerca a Dios”. Con esto por supuesto también estaba diciendo, a la misma vez, quiénes eran las personas que, con sus prácticas malignas estaban lejos de Dios. Por eso también nos dijo“que no hay pecado más diabólico que quitarle el pan al que tiene hambre”. De aquí su invitación a desarrollar un ministerio en donde tomemos responsabilidad contra las injusticias de nuestra sociedad, entendiendo que Dios no creó las mismas; sino, más bien, la repartición desigual de la creación de nuestra Diosa, en donde poca gente acumuló un montón de riquezas y mucha gente no tiene nada. De frente a estas injusticias que hemos creado, San Romero nos alerta de no cometer el error de pedirle a Dios que nos resuelva los problemas terrenales que nos corresponden a nosotros/as eliminar. De lo contrario, dice él, “eso es vagancia”.

Asimismo, en esta teología revolucionaria, se hace necesario el rescate de nuestras instituciones educativas, religiosas, políticas, culturales, etc., para que se conviertan en instrumentos de liberación. También se hace necesario el que podamos combatir la teología burguesa- entiéndase la manera de pensar, sentir y de hacer las cosas como el grupo que domina quiere- la cual tiene como intención de funcionar como instrumento de control, que garantice la estabilidad y protección de los intereses de la clase y los grupos dominante. Esta teología burguesa opera en relación al enseñar, promover y perpetuar la ideología de quienes están en el poder. De aquí entonces el que el no pensar, no cuestionar, no disputar y no polemizar; sean algunas de las metas del pensamiento burgués. O sea, que es posible el que podamos educar para embrutecer, lo cual es sinónimo de tiranizar, subyugar o aprisionar.

También en el rescate de nuestras instituciones, con esta teología revolucionaria de San Romero, debemos de entender que una Iglesia narcotizada del mismo modo persigue el atosigarnos para que no pensemos, y aún peor, no percibamos, la manera en que estamos siendo oprimidos/as, explotadas/os y excluidos/as. De aquí entonces la necesidad, de que esa teología que San Romero nos enseñó, siga siendo conspiradora. Por supuesto, no debemos olvidar que la misma requiere como antesala la capacidad de la conciencia auto-crítica. Que no se nos olvide, toda revolución- si es una verdadera revolución- comienza conmigo, porque yo sólo puedo dar lo que tengo. Luego tú y yo nos enlazamos y ya somos dos que hemos salido en la búsqueda del efecto multiplicador.

San Romero de Las Américas, en su legado, también nos aclaró que “el proyecto de Dios no se contradice con los proyectos de la tierra. Sí se contradice con los pecados de los proyectos de la tierra. Pero por eso la Iglesia tiene que predicar el reino de Dios, para arrancar el pecado de todos los proyectos de la tierra y para animar la construcción de los proyectos en la medida del reino de Dios”. O sea, que no es cierto que la polémica principal sea entre personas teístas y personas ateas. Yo sigo creyendo que la lucha principal está entre quienes practican la justicia o la injusticia. Este es el denominador común en donde nos encontramos quienes creen en Dios con palabras y acciones, y quienes niegan a Dios con palabras y le practican con acciones.

Por lo tanto, sigamos rescatando el legado histórico de los aportes de una teología revolucionaria que San Romero de Las Américas nos dio; y continuemos nuestra lucha por la paz con justicia. Que no se nos olvide que San Romero vive y la lucha sigue.

P. Luis Barrios

Iglesia de Santa María

New York, New York

Lbarrios@jjay.cuny.edu

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