¿POR QUÉ HABLAR DE LA REPRESIÓN NOS DA MIEDO?

Iñaki Gil de San Vicente

[Texto para el debate organizado por Boltxe Kolektiboa en Zirika de Bilbo.]

  1. Se me responderá a esta pregunta diciéndome que no tenemos ningún miedo al respecto, que podemos hablar, debatir y hasta teorizar sobre la represión, pero que no es el momento, que no es por ahora necesario, que cuando lo sea, cuando surja esa necesidad ya organizaremos un cursillo. También se me dirá que puede ser hasta negativo sacar ahora mismo ese problema a la reflexión pública porque puede meter miedo, atemorizar a aquellas personas que no la viven de cerca, que no la sufren directamente o en su entorno, en sus familiares y amigos, y que por tanto podemos cometer el error del cuento del lobo, que de tanto decir que viene el lobo desdramaticemos el problema, lo banalicemos de tal modo que cuando realmente aparezca y muerda entonces apenas nadie pueda, quiera o sepa enfrentársele.
  2. He escuchado estas y otras respuestas similares muchas veces y nunca me han convencido. Pienso que el verdadero problema radica en tres razones: una, la resistencia inconsciente que todos tenemos a enfrentarnos a la realidad negativa, a los problemas serios y decisivos de la vida, algo parecido a lo que Freud definía con razón como «resistencia al análisis». Otra, la resistencia política a estudiar una realidad que puede negar y ridiculizar tesis aparentemente revolucionarias pero reformistas en el fondo. Y, por último, que por las dos razones anteriores no sabemos cómo organizar los debates sobre la represión, porque tenemos miedo a caer en el cuento del lobo; y no sabemos hacerlo precisamente porque las dos razones previas nos lo impiden. Sin embargo, la represión está ahí, aquí y en nosotros mismos, en nuestra personalidad temerosa y alienada, fetichizada. ¿Entonces?
  3. La represión es tanto más dañina y efectiva cuanto menos se la conoce, cuanto más desconocida y misteriosa es. Por esto, una de las más demoledoras formas extremas de orden brutal es la represión aleatoria, imprevista, súbita, que golpea arbitrariamente en donde nadie se lo espera. La ignorancia, la incertidumbre, son propensas al temor, al miedo y hasta el pánico. La mejor forma de dominar y controlar ese imprescindible instinto de supervivencia y equilibrio que es el miedo, o sea, impedir que el miedo se convierta en pánico incontrolable, es el conocimiento lo más acertado y crítico del problema que azuza el miedo, o dicho en marxismo, del capitalismo y de su Estado. W. Reich propuso una vez como terapia contra el miedo a la represión estatal que la gente desnudase a los policías y los hiciese andar desnudos.
  4. Pero la necesidad del sistema para esconder o minimizar la represión, manteniendo la apariencia de normalidad democrática, dejando así vía libre para que la violencia estatal golpee en silencio a los colectivos y personas más luchadoras, esta necesidad salta hecha añicos conforme la crisis agudiza todas las opresiones, endurece el autoritarismo burgués, masifica y diversifica las vigilancias y controles para detectar rápidamente cualquier nueva disidencia en sus mismos brotes germinales para arrancarlos antes de que crezcan. La normalidad democrática, que es un mito en sí porque realmente malvivimos en una dictadura del capital pero encubierta, esa normalidad democrática ficticia, se disuelve como sebo en la estufa de la crisis apareciendo crudamente la dictadura del capital, y el instrumento de esa dictadura, el Estado de clase, patriarcal y nacionalmente opresor.
  5. Mucha gente, cada vez más, se lleva un terrible golpe económico cuando recibe una carta en la que se le comunica que tiene una multa de 400 o 1.000 euros por haber estado presente en tal o cual acto público y pacífico de protesta, de denuncia. Mucha más gente se entera que familiares y amigos suyos han recibido estas multas. Otras muchas se enteran por la prensa del sistema que se ha detenido a tal cantidad de manifestantes, de asistentes a un debate, de participantes en la defensa de una casa ocupada,  u oponentes a un desahucio, de una manifestación obrera y popular contra un cierre de empresa, o en una huelga o por un convenio menos injusto. O a un acto de masas en exigencia de los inalienables derechos nacionales prohibidos por el Estado.
  6. La perversa táctica de las multas económicas como castigo aparentemente no-político al ejercicio de derechos democráticos elementales, como el de reunión, manifestación, expresión, organización, autodefensa, etc., esta táctica es terriblemente efectiva porque diluye la esencia y el contenido político consciente de la lucha por la democracia elemental, criminalizándola en el peor sentido burgués. Disuelve la esencia política de la acción libre y colectiva, negándola como base de la identidad humana emancipada socialmente, y degenerándola en mero castigo económico en el esquema del individualismo burgués más aislado e indefenso, insolidario. Miles de familias trabajadoras, empobrecidas por la represión socioeconómica, y organizaciones que luchan por las libertades, deben asumir mayores sacrificios diarios en medio del silencio y el desconocimiento público para aguantar esa represión que el Estado dice que no es política, que es «sólo económica».
  7. A pesar de las crecientes restricciones de prensa, de la manipulación mediática, de la censura invisible, etc., mucha gente se va enterando que las diversas policías del Estado español, descentralizadas o no, golpean, infligen malos tratos y torturas a las personas durante las manifestaciones, traslados a las comisarías y estancia en ellas. Se sabía que las personas migrantes son victimas indefensas de estas prácticas, pero se va sabiendo que ya se aplican a las «del país», autóctonas, o como queramos definirlas. Crece en sectores la certidumbre de la violencia estatal, sobre todo en mucha parte de los movimientos ciudadanistas, 15 M y demás en el Estado, inicialmente caracterizados en buena medida por una visión irreal y falsa de las fuerzas represivas, una visión suicida que tiene su origen en la ideología burguesa reforzada por el reformismo socialdemócrata y en especial por el eurocomunista cuando sostuvo la tesis contrarrevolucionaria de los «trabajadores del orden».
  8. Simultáneamente, las noticias, comentarios de prensa y hasta documentales sobre el insoportable nivel de espionaje global, de escuchas, grabaciones, vigilancias de todas clases  con la más sofisticada tecnología, que no atañen sólo a eso que llaman «mundo político» sino también a empresas, bancos, organizaciones civiles, culturales,  etc., y a la propia vida cotidiana, «privada y personal», buscando escándalos y sensacionalismos soeces, este contexto de control y vigilancia es cada vez más conocido y sufrido, de modo que determinada gente va comprendiendo que si el sistema capitalista invierte sumas crecientes de dinero en la industria de la represión es porque además de beneficios económicos concretos, sobre todo obtiene poder político.
  9. En la escala represiva global, los niveles que hemos visto nos llevan a otro superior, o más cercano a ese epicentro terrorista en el que aparece en su esplendor la civilización del capital. Hablamos del conjunto de métodos de disciplinarización, intimidación, coerción sorda o muy audible, represión selecta, listas negras, etc., que la burguesía aplica contra las clases trabajadoras, en especial contra las mujeres migrantes explotadas en el trabajo doméstico y de cuidados afectivo-sanitarios, así como la brutal explotación en la economía sumergida y en las formas de trabajo «liberalizadas» de todo control legal, lugares y áreas económicas en las que aumenta la esclavización moderna, capitalista.
  10. Cascada de represiones que buscan introducir el pánico a la lucha resistente, para debilitar las asambleas obreras hasta tal punto que no se celebren y anular cualquier posibilidad de huelga. Represiones que cada vez más se realizan con la ayuda de policías privadas y de agencias de detectives privados que hurgan en la vida de las y los dirigentes sindicales de izquierdas para sobornarlos, comprarlos, chantajearlos o aterrorizarlos para que abandonen toda lucha, y a poder ser la empresa. Apenas se comenta la represión de los sindicalistas de izquierdas, los primeros en ser echados de su puesto de trabajo, o sobrecargados con expedientes laborales para que lo abandonen «voluntariamente», en medio del silencio cómplice del sindicalismo reformista o con su apoyo descarado. Y en modo alguno se habla de las sindicalistas de izquierdas, reprimidas y perseguidas antes y más que sus compañeros de lucha.
  11. Pero estas represiones son los indicios de otras peores. Nos referimos a las que sufren específicamente las mujeres a manos del patriarcado en cualquiera de sus formas, desde las domésticas e «íntimas» hasta las públicas y callejeras, pasando por las laborales, para materializarse en los asesinatos del terrorismo patriarcal. Nos referimos a las represiones contra las fuerzas revolucionarias, especialmente contra la que lucha por la independencia socialista de sus naciones oprimidas. Y como síntesis, nos referimos a la represión de las revolucionarias independentistas, antipatriarcales y socialistas que se enfrentan consecuentemente a la triple opresión nacional de clase y patriarcal. Son objeto de una violencia especial que se ceba en la identidad de sexo-género, atacando con saña e inquina su unidad psicosomática mediante violencias represivas en las que el sexismo masculino se ceba obsesivamente.
  12. Hasta ahora sólo nos hemos referido a los círculos represivos extrínsecos de su núcleo definitivo, el terrorismo del capital contra el trabajo materializado en golpes de Estado, militares o fascistas, incluso «civiles»; o, antes de esto, las derivas autoritarias hacia la «democracia dura», hacia «Estados fuertes» que respetan niveles muy reducidos de la propia democracia-burguesa mitificada por el reformismo. Según nos acercamos al epicentro del poder del capital, el que guarda la esencia de la explotación asalariada, de la propiedad privada y del monopolio de la violencia estatal, en esta aproximación al alma de la civilización de la mercancía, vamos sintiendo el gélido aliento del monstruo.
  13. Pues bien, dicho a grandes rasgos las gentes son reacias a hablar de estas cuestiones porque hacerlo les enfrentan a sus propios medios profundos, a la personalidad débil y necesitada de una autoridad externa y a una seguridad interna que les protejan. Solamente cuando los golpes de la realidad cruda zarandean y destrozan las vanas ilusiones que velan nuestra conciencia, sólo entonces, y no siempre, ésta empieza a abrirse a los hechos pero con desgarros y quiebras. Y solamente cuando las gentes menos concienciadas llevan años inmersas en una lucha sistemática a la que no pueden cerrar los ojos por su objetividad innegable, sólo entonces aceptan más fácilmente estas reflexiones.
  14. Aquí juega un papel decisivo la memoria popular antirrepresiva formada durante décadas de lucha y persecución, de resistencia y de clandestinidad, experiencia que va penetrando en la cultura popular. Si esta no existe o es débil todavía, entonces serán mayores las cadenas psicológicas que frenan la concienciación antirrepresiva, y viceversa. La lucha enseña que únicamente ella puede romper esas cadenas inconscientes. La formación teórica sobre la represión es efectiva cuando previamente existe esa memoria y cultura aunque sea en un sector reducido pero cualitativamente decisivo, y cuando la lucha exige aprender la teoría de la represión. Por esto es decisiva la existencia de organizaciones revolucionarias que sostengan esa pedagogía popular antirrepresiva, sin caer en el cuento del lobo, pero enseñando que siempre acecha la fiera aunque de momento no muerda.
  15. Llegamos en este momento a dos lecciones históricas extremadamente inquietantes: una, el reformismo duro o blando se ha posicionado abiertamente por la defensa del capitalismo, de la «normalidad democrática», defendiéndola directa o indirectamente de las «provocaciones ultraizquierdistas». Desde esta postura es imposible desarrollar la teoría de la represión, sino a lo sumo la ideología del consenso, de la hegemonía de la sociedad civil y demás tópicos que legitiman el orden burgués en su versión tolerante, por no hablar del apoyo directo del reformismo a la represión de la izquierda revolucionaria, sobre todo en las luchas de liberación nacional de clase. No nos extendemos en esta lección.
  16. La otra concierne a las izquierdas que diciéndose revolucionarias no tienen, sin embargo, como objetivo permanente ni la conquista del poder del Estado, del poder político en su quintaesencia, ni tampoco la creación de contrapoderes locales, de taller y de fábrica, sindicales, de barrios y pueblos, de movimientos populares y sociales, educativos y universitarios, municipales e institucionales en la medida de lo posible; situaciones de contrapoder dirigidas hacia situaciones de doble poder en luchas y conflictos. Y la gran mayoría de las izquierdas por revolucionarias que digan ser han relegado a la posterioridad la decisiva construcción de poder emancipador. Y en donde no aparece la lucha por el poder,  en cualquiera de sus formas, ahí, en ese vacío político, no tiene sentido alguno la teoría de la represión por el simple hecho de que apenas existe represión ahí donde el poder burgués no está en peligro.
  17. Hablando en marxismo, existe una izquierda despolitizada: la que no lucha por crear poder revolucionario, sino sólo por llegar al poder burgués para transformarlo desde la legalidad a la espera de que, por arte de birlibirloque, el proceso revolucionario avance vigorosamente sin apenas lucha, sin riesgo de represiones, o con muy poco peligro. No seamos ingenuos. Esta izquierda despolitizada existe y es más numerosa de lo que sospechamos. Esta izquierda despolitizada está minada, podrida por el cáncer del determinismo economicista que sostiene que la conciencia de clase, la conciencia nacional, etc., es un efecto casi automático de las condiciones objetivas, de manera que sólo hay que esperar a que las contradicciones sociales generen la conciencia social, sin mayores preocupaciones.
  18. Si la conciencia tarda en llegar o llega sólo a pocos sectores, la responsabilidad hay que achacarla no a sus errores propios en el sentido de que no se ha hecho una buena pedagogía revolucionaria basada en la conquista práctica de libertades y derechos, en la superación de opresiones e injusticias, en la conquista de espacio de poder, etc.,  sino en lo contrario, en que se ha sido demasiado radical, se ha hecho «aventurerismo ultraizquierdista» que ha distanciado a la izquierda de las masas. La solución no es otra que rebajar la radicalidad para no asustar a las franjas de votantes con menor conciencia. Y una forma de atraerles es «normalizando» la situación, suavizando las reivindicaciones en general y también contra los abusos de las fuerzas represivas, incluso renegando de la exigencia de su depuración política y de la creación de otras fuerzas de seguridad basadas en otra filosofía sociopolítica radicalmente democrática.
  19. En un contexto de crisis estructural, la política de la «normalización» desmoraliza a las bases militantes de las izquierdas, a la vez que azuza las ganas de la casta intelectual por elucubrar al margen de la realidad en crisis. Las lecciones de los años sesenta-ochenta en la Europa capitalista son aplastantes: las políticas de «coexistencia pacífica», «tránsito pacífico al socialismo», «reconciliación nacional», «cultura del consenso», «acuerdos interclasistas», «grandes mayorías democráticas», etc., fueron mazazos de plomo hirviendo en las bases de los partidos comunistas y de otras organizaciones y partidos de izquierda, precisamente cuando el capitalismo se agitaba en una de las peores crisis de su historia, resuelta en buena medida por el giro al reformismo de tales izquierdas. Mientras las policías europeas reprimían con dureza no conocida desde la ocupación nazi-fascista, la izquierda abandonó la teoría de la represión.
  20. La casta intelectual, por el contrario, encuentra en la vía pacífica normalizada la situación idónea para dar rienda suelta a sus delirios abstractos. Desde la tesis de «la muerte del proletariado» y la «sociedad post industrial» hasta las recientes modas post, pasando por todas las elucubraciones sobre la nueva economía de lo inmaterial, etc., recorridas por diversos estructuralismos y neokantismos, este extenso y prolijo mercado de modas ideológicas de consumo fútil empezó a crearse en los alos sesenta. Surgió una significativa contradicción: por un lado, el movimiento obrero y popular era machacado en toda Europa capitalista desde finales de los sesenta, endureciéndose cada vez más, y, por otro lado, el «marxismo académico» y otras corrientes intelectuales florecían en la industria del libro, en los salones de debate y en las aulas académicas.
  21. Ya había ocurrido lo mismo en esencia entre el auge del «marxismo legal» ruso, brillante en su escritura, y la dura represión del marxismo militante que sería la base del bolchevismo, a finales del siglo XIX y comienzos del XX, por poner un ejemplo entre varios otros que confirman la importancia decisiva de un partido revolucionario como gozne creativo entre la memoria antirrepresiva de la cultura popular y el aumento de la conciencia de lucha. El bolchevismo fue ese partido del mismo modo que lo fue la izquierda abertzale cuando el famoso «desencanto» con la traición de un sector de EIA-EE y la proliferación de pompas intelectuales, incluidas películas, que buscaban demostrar el «fin de ciclo revolucionario» en Euskal Herria precisamente cuando la estrategia contrainsurgente daba saltos cualitativos.
  22. Si ahora mismo observamos los medios de prensa digital y escrita de la izquierda con alguna atención sostenida durante un plazo de tiempo medio, veremos que el problema de la represión está prácticamente ausente, o muy poco presente, sobre todo en el área político-teórica del imperialismo occidental, aunque bastante presente en el área latinoamericana, por razones sencillas de comprender. En el marco estatal español, teniendo en cuenta cómo se están intensificando y diversificando las represiones,  empieza a activarse en las naciones oprimidas y en los sectores más luchadores del Estado la reflexión práctica y teórica sobre las represiones y sus efectos, sobre cómo combatirlas, etc., pero generalmente en medio de la desidia de la izquierda tradicional, la estatalista y despolitizada. En Euskal Herria, donde la lucha antirrepresiva es una seña de identidad irrenunciable, empieza a detectarse una ligera tendencia parcial a encasillarla dentro de los márgenes muy estrechos e inoperantes en lo decisivo de la «normalidad democrática», aunque muy de vez en cuando se logren conquistas gigantescas como la reciente resolución del Tribunal de Estrasburgo contra la llamada «doctrina Parot», resolución que responde más a las disputas interburguesas del euroimperialismo en su momento actual que a una supuesta identidad democrática de la Unión Europea.
  23. Una organización que se dice de vanguardia revolucionaria debe prestar siempre la atención necesaria a la teoría de la represión, por dos razones: una, porque no puede entenderse la evolución del capitalismo sin la teoría de la represión en su conjunto, como parte constituyente del Estado y como elemento inserto en la explotación asalariada; y, otra, porque la ideología burguesa en cuanto tal y sobre todo en su faceta reformista tiende a fortalecerse en la medida en que la teoría de la represión tiende a debilitarse, ya que son como vasos comunicantes en sentido inverso.
  24. ¿Pero qué sostiene la teoría de la represión? Primero: por represión se entiende la totalidad de medios de control, vigilancia y violencia, o de vigilancia, información y provocación, en palabras de V. Serge, insertos en un paradigma, una doctrina, una estrategia y múltiples tácticas diversas, destinadas a mantener o ampliar el poder de la clase propietaria de las fuerzas productivas y del Estado nacionalmente opresor. O dicho en términos del diccionario: «contener, detener o castigar con violencia actuaciones políticas y sociales; refrenar, templar o moderar». La primera parte de la frase corresponde a las represiones que de algún modo recurren a la violencia directa, y la segunda a las que no recurren a ella, o al menos no desde el principio, volcándose más en la acción ideológica, cultural, política, de consenso, de cooptación, soborno y corrupción, etc., para dividir y desintegrar a la oposición, integrando sus restos pacificados en el sistema opresor al que se enfrentaba. V. Serge denomina a esta segunda modalidad «provocación», es decir, utilización de los medios para provocar en el reprimido una reacción contraria a sus intereses pero beneficiosa para el represor.
  25. Segundo, las represiones necesitan del Estado como su centralizador estratégico, como el poder especializado en la adecuación periódica de las represiones a las necesidades siempre expansivas del orden capitalista. Aunque éste pueda reducir las represiones violentas más duras y públicas, optando por otras menos visibles, más blandas, sin embargo la lógica interna del sistema capitalista camina indefectiblemente hacia su  diversificación en respuesta a la agudización de las contradicciones internas que obstaculizan el aumento de la tasa media de ganancia, forzándola a decrecer tendencialmente. El Estado es el centralizador estratégico de las represiones porque debe orientarlas hacia el pleno funcionamiento de las contratendencias que anulan parcialmente la ley de la caída tendencial de la tasa media de beneficios.
  26. Tercero, el sistema represivo no busca únicamente el encarcelamiento de grupos militantes, que también, sino ante todo el conocimiento interno de las fuerzas revolucionarias para debilitarlas o aplastarlas en el momento preciso, cuando más daño haga y durante más tiempo. Lograrlo requiere un método científico, frío y calculador, y una perspectiva política. Generalmente la izquierda cree que la burguesía, y menos sus fuerzas represivas, no son capaces de lograrlo, pero se equivocan precisamente porque su pensamiento está corroído por el economicismo mecanicista y determinista.  La izquierda auto complacida en su soberbia intelectual desprecia la capacidad planificadora de la burocracia del Estado al que combate.
  27. Cuarto, la centralización estratégica de las represiones que realiza el Estado burgués no implica sino que exige la autonomía operativa de muchas represiones menores, importantes en sí mismas pero menores comparadas con las decisiones estratégicas de largo impacto diseñadas en los presupuestos generales del Estado, en las inversiones a largo plazo, en la política socioeconómica, demográfica, cultural, militar, etc. La tesis foucaultiana del panóptico, cierta en sus grandes limitaciones, ha servido para despolitizar a la izquierda en la cuestión decisiva: el poder centralizador del Estado y en el carácter científico del sistema represivo en su conjunto.
  28. Quinto, aunque hablemos de Estado en singular, la represión es internacional y las fuerzas represivas imperialistas actúan local y mundialmente, ya que la lucha entre el capital y el trabajo es una lucha mundial y local al mismo tiempo. La izquierda, sobre todo la despolitizada, vuelve a cometer aquí otro error mortal al creer que la represión, de haberla, se limita al entorno estatal o en todo caso continental, cuando en realidad nos enfrentamos a un pensamiento político-militar ideado desde poderes incontrolables por las instituciones burguesas aisladas. En base a este error, la izquierda despolitizada plantea su acción en defensa de los derechos abstractamente definidos sólo en los marcos estatales, lo que da una ventaja absoluta al imperialismo.
  29. Sexto, a partir de éstos y otros errores la izquierda no puede simultanear una triple práctica: de un lado, formar teóricamente a su militancia contra el enemigo al que se enfrenta; de otro lado, no puede establecer políticas unitarias e integradoras, de masas, con otras izquierdas y fuerzas obreras, populares, sociales, etc., para impulsar amplios y abarcadores movimientos antirrepresivos basados en lo que une esencialmente a las personas y colectivos perseguidos, en vez de en quisquillosas disputas tácticas; y, por último, no puede propagar la lección históricamente irrefutable de que tarde o temprano, de una forma u otra, con diferencias puntuales pero con una coherencia sociohistórica de fondo innegable, siempre que aumentan las luchas terminan aumentando las represiones contra ellas, o peor, que muchas de éstas se adelantan incluso al avance de esas luchas: hablamos de la represión preventiva.
  30. Séptimo, ¿qué se pude hacer, entonces? Antes que nada saber que todas las personas aplicamos ciertas medidas de seguridad personal mínima en nuestras relaciones cotidianas, pues, aunque no lo hayamos pensado, la ferocidad de la sociedad burguesa nos obliga a practicar determinadas medidas de seguridad personal en nuestra vida cotidiana: de algún modo medimos lo que hacemos y decimos ante extraños, no damos determinadas informaciones personales a cualquiera, contrastamos con otras personas conocidas y de confianza informaciones que hemos recibido sobre terceras personas, intentamos no cometer errores de ingenuidad en cuestiones importantes, advertimos a las personas queridas de cosas malas que hemos oído sobre ellas, etc. Sin saberlo, tomamos medidas diarias de seguridad que son una de las bases de la lucha contra la represión a una escala mayor.
  31. Octavo, por tanto se trata de añadir una determinante conciencia política a nuestra vida personal cotidiana, una conciencia política que nos enseñe a guiar conscientemente nuestros actos diarios dentro de las medidas objetivas básicas de seguridad y de prevención antirrepresiva. Esa conciencia política nos enseña que actos tan nimios y comunes como las formas de vestir, de gastar, de andar, de hablar, de mirar, de reunirnos y de divertirnos, etc., muestran prácticamente toda nuestra forma de ser y de pensar, nuestras amistades, relaciones con segundas y terceras amistades, nuestras debilidades íntimas y nuestros puntos flacos, los que pueden ser las brechas por las que la represión entre en nuestra personalidad y la destroce.
  32. Noveno, la conciencia política nos enseña a la vez que no debemos caer en el secretismo fantasmal, en las poses conspirativas, en la obsesión histérica que nos hace ver espías y agentes por todas partes. La conciencia política exige una militancia organizada acorde con las tareas que deseemos realizar. Sin militancia colectiva en una organización no desarrollaremos la imprescindible conciencia política que nos previene de los errores arriba expuestos. Además, esta militancia organizada nos dará la formación teórica y práctica sobre la represión que necesitemos para las tareas que realicemos. Nos enseñará a no preguntar sobre lo que no necesitamos saber, a no responder sobre lo que no es necesario responder, a no estar pegados al teléfono ni a internet, a saber cómo hay que organizar las reuniones, las citas, los encuentros, nos indicará sobre cómo andar por la calle, sobre el valor inestimable de la puntualidad, sobre cómo guardar la información justa desechando la superflua.
  33. Y décimo, la organización nos enseñará cómo actuar en determinados momentos críticos, a mantener la sangre fría, a preparar nuestra vida personal en cuanto a inevitables multas económicas y posibles detenciones, a prepararnos mental y físicamente para sobrellevar lo menos mal posible situaciones que pueden llegar a ser angustiosas y hasta terribles y que nos exigirán lo mejor de nosotros, si es que llegan a producirse. La conciencia política organizada nos preparará para dominar el necesario instinto del miedo y para comprender que la libertad, además de tener un precio alto, consiste en la superación consciente de la necesidad, es decir, en la superación histórica del capitalismo. Comprendido esto, no tendremos miedo a teorizar sobre la represión, porque hacerlo será y es ya pensar sobre nuestras propias vidas libres.

 

Euskal Herria, 21 de octubre de 2013

 

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Novedades. Guarda el enlace permanente.